Cada tarde, cuando el cielo se ponía naranja, el viento traía sonidos desde la aldea. Viajaban lejos, cruzando la sabana, hasta llegar a donde estaba Elefú.
Elefú siempre era el primero en notarlo. Se quedaba quieto, levantaba sus orejas grandes y escuchaba. *Pom-pom-pata-pom*. Su cuerpo reconocía ese sonido antes de pensar en nada más.
Una tarde, el viento no trajo música. Elefú esperó. Nada. Movió las orejas hacia todos lados. Silencio.
Caminó hacia la aldea, paso a paso, hasta que vio a los músicos sentados bajo un árbol con caras largas.
—Se rompió el tambor grande —dijo uno—. Sin él, la música no suena igual.
Al mirar el tambor, este tenía un agujero enorme, Elefú buscó un poco de lodo, lo apretó contra el agujero y lo tapó. Luego golpeó el tambor con su trompa
Los músicos se miraron. Uno tocó su flauta. Otro sacudió las semillas. Elefú volvió a golpear. *POM-POM-PATA-POM*.
La música llenó la sabana otra vez.
Desde entonces, cada tarde, Elefú camina hasta el árbol. Los músicos ya tienen su lugar listo. Y cuando el sol baja y el cielo se pone naranja, la música viaja en el viento.


