Al despertar, Bruno el oso encontró una mariposa de papel sobre su manta de hojas.
—¿De dónde saliste? —preguntó, sorprendido.
Bruno era un oso amable que vivía en una cueva al pie del bosque. Al despertar ese día se dio cuenta de que Su cueva tenía una magia especial: todo lo que Bruno soñaba con mucho cariño aparecía allí cuando amanecía.
Esa mañana, Bruno tomó la mariposa con cuidado y salió de la cueva para contarle a Lía, la ardilla, y a Pipo, un pajarito que vivía en un nido cercano.
—Seguro la hiciste tú, Bruno. Las cosas no pueden salir de los sueños —dijo Lía, cruzando los brazos.
Bruno miró sus patas y guardó la mariposa en su bolsa. No dijo nada y se alejo un poco triste.
Al caer la noche, el viento sopló frío entre los árboles. Pipo temblaba dentro de su nido.
—Necesito una manta, pero no tengo lana —dijo Pipo.
Bruno pensó en su cueva. Sabía que podía soñar con una manta. Pero le daba miedo que Lía volviera a burlarse.
Respiró hondo.
—Voy a soñar con una manta de lana suave. Cuando despierte, estará aquí.
Lía soltó una risita.
—Eso no puede pasar.
Bruno entró en la cueva y se acostó sobre su manta. Cerró los ojos y soñó con una manta de lana, cuadrada, tibia y de color azul cielo.
A la mañana siguiente, la manta estaba junto a sus patas.
Bruno la tomó con cuidado y caminó hasta el nido de Pipo.
—Aquí está. La soñé para ti.
Pipo se acomodó dentro de la manta y dejó de temblar.
—Está calientita. Gracias, Bruno.
Lía se acercó, tocó la lana y abrió mucho los ojos.
—Es de verdad —susurró—. Tus sueños aparecen cuando despiertas.
Bruno sonrió. Ya no tenía que esconder su magia.
Esa noche, los tres se quedaron juntos dentro de la cueva. Bruno soñó con muchas estrellitas pequeñas. Al amanecer, unos puntitos brillantes habían aparecido sobre su manta de hojas.
Pipo se acomodó junto a Bruno. Lía se acomodó al otro. Y los tres durmieron tranquilos, calentitos y contentos, mientras las estrellitas iluminaban suavemente la cueva.


