El viento movía suave las hojas del parque cuando tres amigos miraron al cielo. Arriba flotaba una nube gris, bajita y triste.
—¿Estás bien? —preguntó Lila.
—Me dicen que estorbo —susurró la nube—. Todos piden sol. Cuando paso, se enojan.
Los niños se miraron. El corazón les hizo pum, porque la nube hablaba con voz de lluvia suave.
—Ven con nosotros —dijo Tomás—. Queremos mostrarte algo.
Caminaron hacia la granja cercana. Había surcos secos y hojas caídas. El granjero los saludó con la mano.
—Hoy mis plantas tienen sed —dijo—. Un poquito de lluvia sería perfecto.
La nube tembló, dudó y dejó caer gotas finas sobre los surcos. Las hojas se alisaron. El granjero sonrió con los dientes blancos.
Siguieron hacia el lago. Un par de patos pataleaban en agua bajita.
—Con más agua, el lago crece —dijo Mei, señalando—. Los patos necesitan nadar.
La nube se infló un poco y dejó llover un ratito sobre el lago. Los patos chapotearon contentos.
En la plaza, una abuela se abanicaba en un banco.
—Qué bien una sombra —suspiró—. Así puedo tejer sin calor.
La nube se deslizó frente al sol. La abuela acomodó su estambre y sonrió.
—No tienes que estar en todas partes —explicó Mei—. Puedes moverte. A veces sombra, a veces lluvia, a veces un descanso.
La nube parpadeó. Se sentía ligera. Subió un poco, abrió un claro y dejó que el sol calentara las piedras del camino. Sobre los techos apareció un arcoíris, como un puente de colores.
—Eso te queda precioso —rió Lila.
Dos gotitas frescas tocaron sus narices, como besitos. Los tres levantaron las manos. La nube dibujó un pez, un gatito y un corazón esponjoso. En la plaza, alguien aplaudió. El granjero saludó con su sombrero, los patos aletearon y la abuela agitó su tejido.
La nube, redonda y brillante, giró despacito y se quedó un rato jugando a cambiar de forma, mientras el sol y la sombra se turnaban en el suelo como amigos que comparten un columpio.


