Mateo era un niño explorador que observaba las estrellas con ojos de asombro. Viajaba por el sistema solar en su nave plateada, que tenía ventanas redondas y un montón de botones de colores en el panel de control. Su misión era especial: visitar cada planeta y llevarse un recuerdo único de cada uno.
Manejaba la nave siguiendo un mapa de estrellas que su computadora proyectaba. La primera parada sería Mercurio, el planeta más cerca del Sol. Mientras se acercaba, Mateo podía sentir el calor a través del fuselaje y sus ojos brillaban de emoción.
La Tierra pasó a su lado como un guiño azul y verde. Mateo vio desde arriba las selvas, los océanos y las nubes blancas. No tomó ningún recuerdo; solo guardó esa vista hermosa en su memoria. Con eso bastaba.
Cuando llegó a Marte, una columna de polvo rojo se levantó para saludarlo. Mateo recogió un poco con la palma de la mano. El polvo se sentía suave y antiguo, como un recuerdo dormido, y le contó historias de valles que alguna vez fueron ríos.
Júpiter era demasiado grande para tocarlo. Mateo extendió su mano hacia las franjas de gas que giraban y capturó un sonido: un rugido bajo y profundo, como el latido del planeta gigante. Lo guardó como un susurro especial dentro de su casco.
Saturno le regaló su silencio. Entre sus anillos brillantes, Mateo encontró un espacio de calma perfecta, un vacío tranquilo que envolvió toda la nave. Ese precioso silencio, Mateo lo puso en su corazón.
Urano y Neptuno, azules y lejanos, le dieron sus colores. Mateo los capturó en filtros de luz, y quedaron como gotas de tono frío que brillaban como gemas azules en su panel.
Por fin, regresó a la nave con su bolsa llena de secretos planetarios. No eran piedras ni polvo común; eran memorias, susurros, latidos y silencios. Mateo cerró su ventanilla. En la pantalla, todos los planetas aparecían ahora en orden, contándole sus historias en la quieta oscuridad del espacio. Se acomodó en su asiento, sintiendo el universo pequeño y cercano, como un vecindario de amigos que siempre estaban ahí, girando suavemente, esperando su próxima visita. Y con esa sensación de paz, emprendió el viaje de regreso a casa.


