La aventura del Árbol de Hojas Azules y la Naturaleza

El gran tesoro de los Tres Picos

Edad
Cuento para 2 años y más
Tiempo de lectura
3 minutos
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Lee este cuento con música de fondo

MUSICA DE FONDO CALMADA #1

Los sábados, el mercado del pueblo se llenaba de voces, canastas y puestos de fruta y verduras. Mientras Tomás paseaba entre ellos, escuchó a un viajero que hablaba con el vendedor de verduras:

—Más arriba, en la montaña, crece un árbol de hojas azules. Está junto a un arroyo que dobla hacia el este, cerca de los Tres Picos.

Tomás no pudo dejar de pensar en eso. Le encantaba explorar los senderos cerca de su pueblo, y ya tenía una linda colección de más de 100 hojas : grandes, pequeñas y con bordes llenos de piquitos. Pero una hoja azul… ¡eso sí que sería un tesoro! Esa noche dibujó en su cuaderno todas las pistas que el viajero le había dado.

Al día siguiente salió por el sendero seguro de la montaña. Llevaba su lupa, su cuaderno y la bolsita de tela donde guardaba las hojas caídas. Nunca arrancaba hojas de las ramas: le gustaba encontrar las que ya habían caído solas.

Buscó junto a un arroyo, pero ahí no había ningún árbol azul. Revisó su mapa. Todavía le faltaba mucho camino para llegar a los Tres Picos.

Regresó al día siguiente y caminó más arriba. Tampoco lo encontró. Y volvió otra vez, y otra más. Durante varias semanas siguió intentándolo, anotando en su cuaderno por dónde ya había pasado. Los días de lluvia se quedaba en casa dibujando un mapa cada vez más claro.

Hasta que llegó la primavera. Ese día, Tomás siguió el arroyo hasta encontrar la curva que doblaba hacia el este. Miró hacia arriba y ahí estaban: los tres picos, asomando entre las nubes. Siguió caminando un poco más… ¡y ahí estaba el árbol! Tenía las hojas azuladas, tal como el viajero había dicho. A su alrededor había rocas lisas que brillaban con el sol.

Tomás se acercó despacito. Justo junto al tronco había una hoja azul caída. La levantó con mucho cuidado y la guardó entre las páginas de su cuaderno, para que no se doblara.

—¡Por fin te encontré! —dijo, sonriendo de oreja a oreja.

Después se fijó en las rocas. Una tenía líneas blancas, como dibujadas. Otra era redonda y muy suave. Tomás eligió dos piedritas sueltas que estaban un poco más lejos del árbol. Las guardó en su bolsa. Tuvo cuidado de no mover las que estaban junto al tronco.

De vuelta en casa, puso la hoja azul en su colección, en el lugar más especial. Dejó las dos rocas sobre la repisa de su cuarto. Su hermana se sentó junto a él y pasó un dedo despacio por las líneas blancas de una de las piedras.

—¿Mañana me llevas a ver dónde las encontraste? —le preguntó.

Tomás sonrió y abrió su mapa para mostrarle todo el camino. En él estaban el arroyo, la curva hacia el este y los tres picos entre las nubes. Afuera empezaba a llover otra vez, y las gotas hacían un ruidito suave contra la ventana. Los dos se quedaron ahí un rato más. Miraron las piedritas brillar bajo la lámpara. Luego llegó la hora de ir a dormir.

Preguntas para mejorar la comprensión y reflexión del cuento

  • ¿Qué escuchó Tomás en el mercado sobre el árbol de hojas azules?
  • ¿Qué pistas le dio el viajero para encontrar el árbol?
  • ¿Qué objetos llevó Tomás en su exploración por la montaña?
  • ¿Por qué Tomás recogía solo las hojas que ya habían caído?

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