Coco, un cocodrilo, estaba feliz en su tronco favorito… hasta que pasó algo rarísimo.
Tenía los dientes más amarillos del pantano. Y su aliento… bueno, digamos que las ranas se “desmayaban” si él bostezaba cerca.
—No me voy a cepillar —decía, cruzando sus patas verdes—. Los cocodrilos no necesitamos eso.
Un dia, mientras abría la boca frente al río, vio algo que lo dejó impactado en el reflejo del agua: un diente se movió. Luego otro. Y otro más. Y, de pronto, ¡ploc, ploc, ploc! Cayeron al agua como piedritas.
—¡Mis dientes! —exclamó Coco, pero su voz salió chistosa.
La garza dejó de acercarse. Las tortugas se fueron a la orilla de enfrente. Hasta los peces daban la vuelta cuando él nadaba hacia ellos.
Coco se quedó solo en su tronco favorito. Desde ahí escuchaba las risas de los otros animales.
A lo lejos, oía una vocecita que le decía: «¡Despierta, despierta!».
—¡AAAAH!—gritó Coco, muy asustado.
Se acercó al río para ver su reflejo, con la boca abierta. Por suerte, solo era una pesadilla, tenía todos sus dientes. Pero seguían estando amarillos y su aliento seguía siendo igual de repugnante.
Levantó la cabeza y vio algo flotando en el río: un cepillo de dientes. Era verde, igual que él. Coco lo olió con desconfianza.
—Tal vez… solo por hoy —murmuró.
Se cepilló. El agua se llenó de espuma y de un montón de suciedad. Escupió. Volvió a cepillarse. Una, dos, tres veces.
Al día siguiente lo hizo otra vez. Y al otro. Y al otro también.
Sus encías empezaron a verse rosaditas. Su aliento ya no espantaba mariposas. Y algo increíble pasó: ¡sus dientes se volvieron un poco mas blancos!
—Buenos días, Coco —dijo la garza un dia, acercándose con cuidado.
—¿De verdad… buenos? —Coco casi se resbala del tronco de la sorpresa.
Las tortugas volvieron despacito. Los peces nadaron cerca otra vez. Y cuando Coco sonrió, el río atrapó esa sonrisa y la hizo brillar en pedacitos de luz.
Desde entonces, Coco se cepilla todas las noches mirándose en el agua. A veces hasta tararea una cancioncita mientras se cepilla.
Y su tronco favorito ya no está vacío. Ahora está lleno de amigos y risas… y de un cocodrilo contento, con aliento fresco.


