Clara terminó de pintar su cajita azul llena de flores que ella misma habia dibujado y coloreado. Le puso tres botones brillantes y llena de orgullo, sonrió.
Era el regalo de cumpleaños para su abuela. Le dieron ganas de correr a mostrárselo enseguida, pero mamá le recordó:
—Faltan tres días para la fiesta.
Clara cerró la cajita. La guardó bajo su cama, bien escondida. Sería una sorpresa.
El primer día, estaba desesperada por abrirla y enseñar el regalo. Para pasar el rato y tener paciencia, dibujó otra flor en un papel y se la mostró a su osito de peluche.
Al día siguiente, llevó la cajita a la cocina, pero no la abrió. Cantó bajito mientras su mamá hacía galletas para la fiesta.
El tercer día, abrazó la cajita y contó: —Uno, dos, tres… ¡Ya casi es hora!
Por fin llegó el día de la fiesta. Clara fue de la mano de mamá a casa de la abuela. Le entregó la cajita sonriendo.
La abuela abrió la tapita. Vio las flores pintadas y los tres botones brillantes.
—¡Qué regalo tan bonito! —dijo, y abrazó a Clara con todas sus fuerzas.
Clara sonrió y apoyó la cabeza en su hombro. Se sentaron junto a la ventana. Comieron una galleta.


